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rapidez largas tiras de seda para hacer una soga, uno de cuyos extremos sujetó a una pata de la enorme
mesa de marfil.
-Probaremos de nuevo en el desierto -dijo Conan-. Thalis habló de un oasis que había a un día de
marcha hacia el sur, y de verdes praderas. Si llegamos a ese oasis, podremos descansar hasta que se
curen mis heridas. Este vino es magia pura. Hace poco estaba casi muerto, y ahora estoy preparado
para cualquier cosa. Aquí queda suficiente seda como para que te hagas un vestido.
Natala había olvidado su desnudez. El hecho en sí no la preocupaba en absoluto, pero su delicada piel
necesitaba protección contra el sol del desierto. Mientras la joven sujetaba una pieza de seda a su
cuerpo, Conan se dio media vuelta y con un gesto desde oso separó los frágiles barrotes de oro de la
ventana. Luego rodeó la cintura de Natala con el extremo suelto de la soga y le dijo que se sujetara a
ella con ambas manos. Entonces la subió hasta la ventana y le hizo descender los diez metros que los
separaban del suelo. Una vez en tierra, Natala se liberó de la soga, que Conan recogió. Después tomó
las jarras de agua y vino para enviárselos a la joven y descendió rápidamente.
Cuando el cimmerio llegó a su lado, Natala exhaló un suspiro de alivio. Permanecieron inmóviles al
pie de la gran muralla durante unos instantes, con las pálidas estrellas sobre su cabeza y el desnudo
desierto delante de ellos. Natala ignoraba los peligros que aún les esperaban, pero estaba contenta de
hallarse fuera de aquella ciudad irreal y fantasmagórica.
-Puede que encuentren la soga -gru ó Conan cargándose las jarras sobre los hombros, que encogió
ligeramente cuando éstas tocaron sus heridas-. Incluso pueden perseguirnos, pero a juzgar por lo que
dijo Thalis, lo dudo. Por aquí se va hacia el sur. Por lo tanto, en algún lugar en esa dirección está el
oasis. ¡Vamos!
Tomando a la joven de la mano con una cortesía poco habitual en él, Conan comenzó a caminar sobre
la arena, ajustando su ritmo al paso corto y breve de la muchacha. No se volvió a mirar la silenciosa
ciudad que quedaba a sus espaldas sumida en el sue o.
-Conan -murmuró Natala finalmente-, cuando regresaste por el pasillo después de luchar con el
monstruo... ¿viste a Thalis? Conan negó con la cabeza y dijo:
-El pasillo estaba muy oscuro, pero también vacío. Natala se estremeció.
-Me torturó..., pero la compadezco.
-Fue una calurosa bienvenida la que nos dieron en esa maldita ciudad -gru ó Conan, recuperando su
buen humor natural-. Bueno, recordarán nuestra visita durante mucho tiempo. Hay sangre para
limpiar durante días, y si su dios no ha muerto, seguramente tendrá más heridas que yo. Después de
todo, hemos salido bien librados. Tenemos vino y agua, y también buenas posibilidades de llegar a un
país habitable, aunque yo parezca haber pasado por la piedra de un molino y tú también...
-Todo fue culpa tuya -interrumpió Natala-. Si no hubieras mirado tanto y con tanta admiración a esa
gata estigia...
-¡Por Crom y todos sus diablos! -exclamó Conan-. Aun cuando los océanos inunden la tierra, las
mujeres encontrarán tiempo para ponerse celosas. ¿Acaso yo le pedí a esa estigia que se enamorara de
mí? ¡Después de todo, era humana!
Los tambores de Tombalku
Con el tiempo, Conan regresa a las tierras hiborias. Busca otro empleo y termina por unirse a un
ejército mercenario que un zingario, el príncipe Zapayo de Kova, está formando para Argos. Argos y
Koth están en guerra con Estigia. El plan consiste en que Koth invada Estigia por el norte mientras que
el ejército de Argos entra en ese reino por el sur y por el mar. Sin embargo, Koth firma una paz por
separado con el enemigo, y el ejército mercenario es atrapado en el sur de Estigia entre dos fuerzas
hostiles. Una vez más, Conan se encuentra entre los pocos sobrevivientes. Mientras huye a través del
desierto en compa ía de un joven soldado aquilonio llamado Amalric, es capturado por los nómadas
del desierto. Su compa ero Amalric logra escapar.
Había tres hombres sentados junto al pozo de agua bajo el sol del atardecer, que te ía el desierto de
color oro viejo y carmesí. Uno de ellos era blanco y se llamaba Amalric. Los otros dos eran ghanatas.
Sus túnicas harapientas apenas cubrían sus cuerpos negros y enjutos. Se llamaban Gobir y Saidu, y
tenían aspecto de buitres.
Cerca de allí, dos cansados caballos rumiaban ruidosamente y olisqueaban en vano la desnuda arena.
Los hombres comían dátiles secos. Los negros sólo estaban atentos al trabajo de sus mandíbulas,
mientras que el blanco miraba de vez en cuando hacia el cielo rojizo o hacia el monótono desierto en el
que se profundizaban las sombras. Fue el primero en ver al jinete, que llegó a su lado galopando
velozmente y frenó con tanta fuerza a su caballo que éste se alzó sobre dos patas.
El jinete era un gigante cuya piel, más negra que la de los otros dos, así como sus gruesos labios y su
ancha nariz, indicaban el predominio de la sangre negra. Sus anchos pantalones de seda, atados a los
desnudos tobillos, estaban sujetos a la cintura por una ancha faja que daba varias vueltas sobre su
enorme vientre. La faja también sostenía una cimitarra que muy pocos hombres hubieran podido
manejar con una sola mano. Con aquella cimitarra, el hombre había adquirido fama entre los hijos del
desierto. Era Tilutan, el orgullo de Ghanata.
Atravesado sobre la silla vacía, o más bien colgando, un cuerpo inerte. Los ghanatas silbaron al ver su [ Pobierz caÅ‚ość w formacie PDF ]

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